Notas

  • Entre lo remoto y lo foráneo: los afrodescendientes en Chile a propósito del libro Afrochilenos. Una historia oculta, de Marta Salgado

Resumen

Abstract

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Entre lo remoto y lo foráneo:

los afrodescendientes en Chile

a propósito del libro Afrochilenos.

Una historia oculta, de Marta Salgado

Elena Oliva*

Universidad de Chile, Chile

me.oliva@gmail.com

Decir que en Chile los afrodescendientes representan algo ajeno y/o distante a nuestra historia y cultura no es ninguna novedad, pero sí un juicio que debemos reevaluar. Desde los más diversos ámbitos se los ha negado –la idea de que en Chile no hay negros– y cuando no, se ha relativizado su presencia –Chile recibió muy pocos esclavizados negros frente a los otros países de América– y se ha mitificado su invisibilidad –no sobrevivieron al frío o a las enfermedades–. Pese a la amplia circulación de estos supuestos, en los registros historiográficos es posible rastrear su llegada y permanencia desde el siglo XVI, cubriendo todo el período colonial1, hasta 1823, cuando se declaró la abolición de la esclavitud en los albores del Estado nacional2. A partir de entonces no se tiene conocimiento de archivos o informes que den cuenta de la inserción de los y las afrodescendientes chilenos/as en la vida republicana del país.

A comienzos del siglo XXI, en Chile se advierte la presencia de afrodescendientes con la llegada de inmigrantes de otros países latinoamericanos y caribeños que han despertado el interés investigativo y a la vez la preocupación de organismos sociales que ven cómo ellos son objeto de discriminación y descalificaciones3. En este nuevo contexto, la autopercepción de que Chile es un país clasista pero no racista se ha puesto a prueba y la discusión –al fin, dirán algunos– se está empezando a dar en medios de comunicación, espacios académicos y en la opinión pública.

Entre estos dos momentos, comienzos del XIX y principios del XXI, existe un paréntesis de casi dos siglos que pareciera confirmar que la presencia afro es algo de nuestro período colonial, o bien que se trata de extranjeros en los tiempos actuales. Así, entre lo remoto y lo foráneo, los afrochilenos simplemente no existen, y con ello el mito fundacional de que somos un país cuyo pueblo desciende de la mezcla de españoles e indígenas, se mantiene4. El libro Afrochilenos: una historia oculta, publicado el año 2012, cuya autoría es de Marta Salgado –una de las fundadoras de la ONG Oro Negro5, y quien se define como afrodescendiente–, viene a llenar en parte el vacío de este paréntesis.

Pese a que no es la primera publicación de autoría afrochilena6, no es menor que este libro sea de una mujer que, además, proviene del movimiento social. “¿Qué habrá escrito la negrita?” (Entrevista a Marta Salgado, Arica 2015), ha sido una de las varias interrogantes a las que ha debido dar respuesta Salgado para defender su trabajo ante un público a veces receptivo, pero otras tantas suspicaz y desconfiado. Marta Salgado tiene una trayectoria que no es académica, sino que proviene del activismo social, y desde ese lugar supo advertir la necesidad de “dejarle a las nuevas generaciones y a la gente del país, un legado” (Entrevista a Marta Salgado, Arica 2015), un registro escrito para transmitir al resto de la nación la historia de los que hoy se reconocen como afrochilenos. Una inquietud intelectual que se nutre del movimiento social y organizativo del que forma parte, y en el cual las mujeres no son una excepción.

El activismo de las mujeres afrochilenas es un aspecto llamativo; no solo tienen una alta participación en diversos encuentros y actividades culturales, políticos y sociales, sino que su presencia se puede encontrar tanto en la dirigencia como en los enfoques de las actuales organizaciones afrochilenas7. Esta visibilidad no resulta extraña si la ponemos en el horizonte latinoamericano, en el que las mujeres afrodescendientes han asumido un rol activo y relevante dentro del movimiento regional. Su hito es el Primer Encuentro Latinoamericano y del Caribe de Mujeres Negras celebrado en 1992, del cual surge la Red de Mujeres Afrolatinoamericanas, Afrocaribeñas y la Diáspora, actualmente en funcionamiento, y que agrupa a organizaciones de distintos países, incluyendo Chile. Pero no solo eso, las mujeres del ámbito organizacional también se han desplazado hacia el campo intelectual, generando una producción escrita, a veces literaria, en la que se han posicionado políticamente en contra de la discriminación racial y de género de la que han sido históricamente objeto.

Bajo este contexto dinámico de colaboraciones e intercambios, Salgado ha integrado el llamado Grupo Barlovento, una red de intelectuales y activistas afrosudamericanos interesados en elaborar conocimiento sobre los afro por ellos mismos, que se puso en marcha en Venezuela el año 2003, bajo el liderazgo de la afroestadounidense Sheila Walker y el afrovenezolano Jesús Chucho García. Uno de los resultados de este grupo de trabajo es el libro titulado Conocimiento desde adentro. Los afrosudamericanos hablan de sus pueblos y sus historias, publicado el año 2010, en el que Salgado se hizo cargo del caso chileno.

A partir de esta experiencia, la autora decide publicar años después su libro Afrochilenos: una historia oculta, en el que profundiza lo hecho anteriormente. El texto se divide en dos partes: la primera se enfoca en los datos que dan cuenta de la presencia de africanos, africanas y sus descendientes en el Chile colonial y las primeras décadas del período republicano, y la segunda se dedica a exponer la información sobre la existencia de afrochilenos en la región de Arica y Parinacota. El principal objetivo del libro es demostrar que “Chile es un país mestizo y dentro de su mestizaje encontramos al africano presente” (26), buscando poner en tensión el paréntesis republicano que los silencia. Para Salgado, este mutismo no es casualidad, sino más bien la expresión intencionada de un rechazo, pues como ella señala, “[a]unque en Chile lo africano no está presente en el grado de otros países latinoamericanos, negar su influencia es un lamentable desacato para nuestra historia e identidad como pueblo” (25-26). De ahí que la autora utilice el concepto de invisibilidad, que alude a las estrategias de ocultamiento y exclusión aplicadas a los afrochilenos.

El libro comienza con una introducción que se articula desde la experiencia; con un tono íntimo y testimonial, la autora se sitúa como una afrodescendiente que ha sido discriminada racialmente y considerada una extraña en su propio país. Desde ese lugar de enunciación da paso a la primera parte, en la cual Salgado se apoya en estudios realizados por investigadores de diversas áreas, principalmente historiadores, como Rolando Mellafe, que han trabajado la esclavitud africana en Chile de manera específica o dentro de un contexto mayor. Aquí hay un esfuerzo de parte de la autora por reconstruir una historia integral a partir de múltiples piezas, no siempre coincidentes, pero que permiten defender desde un conocimiento validado por el estudio académico-científico un proceso del que ellos se sienten parte y que la historia oficial de Chile minimiza. Dentro de este contexto, resulta interesante que Salgado dedique un apartado especial a las mujeres esclavizadas durante el período colonial, dando cabida a las investigaciones que se han hecho sobre el tema con el fin de destacar el rol femenino en este proceso.

En la segunda parte, la autora se enfoca en los protagonistas directos del libro: los afrochilenos. Salgado basa su presentación en investigaciones previas, como las de Alfredo Wormald (El mestizo; Frontera norte), en trabajos demográficos actuales e históricos, y en su propia experiencia de organización social, para exponer cómo quienes hoy se reconocen como afrodescendientes de nuestro país son resultado de un proceso muy particular, poco conocido y escasamente integrado a la historia nacional. Arica y sus valles interiores de Azapa y Lluta, son zonas en las que históricamente se han asentado los africanos esclavizados, primero, y sus descendientes, después, en territorios que hasta fines del siglo XIX pertenecían al Virreinato del Perú, y que solo luego de la guerra del Pacífico pasaron al Estado chileno, en conjunto con su población (Duconge y Guizardi). Este período de anexión fue complejo y doloroso para los afrodescendientes, una población abatida por la guerra, perseguida en su minuto, y luego incorporada a regañadientes a través de lo que se ha llamado la “chilenización”, un proceso que no los vio como afrodescendientes sino como peruanos, y por ende, como enemigos bajo ese contexto.

A más de un siglo de esta incorporación, sus descendientes hoy se reconocen como miembros de la sociedad chilena, y en base a esta doble adscripción –afrodescendientes y chilenos– buscan hacer frente a “la ignorancia histórica, por una parte, y un racismo encubierto, por otra” (Salgado 196), mediante la realización de actividades culturales, artísticas y sociales que los visibilice ante la población mayor, pero también a través de una lucha política por el reconocimiento constitucional y jurídico de su identidad, todo como parte de la acción organizada que la autora expone al final del texto.

El libro de Salgado sin duda es un aporte en la batalla que están dando los afrochilenos por alcanzar la plena aceptación en el país, sin embargo, acotar su relevancia a este aspecto sería mezquino, pues si bien de manera directa expone que los afrochilenos han estado aquí durante el período republicano, indirectamente nos alerta sobre el centralismo de las perspectivas que predominan en las investigaciones académicas y la falta de profundidad histórica en el análisis del racismo en nuestro país, dos aspectos que parecen ser coherentes con el paréntesis de silencio en torno a los afrochilenos.

No podemos olvidar que la formación del Estado nacional en América Latina, bajo la modalidad republicana, implicó entre otras cosas la delimitación de sus fronteras, un proceso que se llevó a cabo mediante disputas que buscaban definir un determinado territorio y adquirir la potestad absoluta sobre sus recursos naturales y humanos. Esto fue de la mano con el establecimiento de una diferencia fundamental entre un “nosotros” y los “otros”; es decir, entre los nacionales y los extranjeros, y que se expresa tanto en las constituciones y leyes que norman a un Estado, como en ciertas características y valores esperados de cada grupo. De este modo, los “otros” suelen representar lo ajeno, lo extraño y, por tanto, una potencial amenaza para la mantención de un “nosotros”. Pero esa otredad también tiene un correlato interno y se compone de los pueblos que en esta expansión de fronteras, usualmente bélica, perdieron su autonomía y fueron incorporados a un Estado, o bien cambiaron de Estado (Segato; Del Río)8. Ellos serán el objetivo de políticas de asimilación –indigenismo, meztizaje, mulataje, entre otras– que han buscado reducir el peligro latente que representa su diferencia, una que es considerada inferior bajo un esquema de jerarquización heredado del colonialismo (Quijano). En Chile, esto es lo que ocurrió con los mapuches al sur del Biobío y la llamada “Pacificación de la Araucanía” (1861-1883), con los rapa nui en 1888, y con los aymaras, quechuas y afrodescendientes entre las zonas de Atacama y Tarapacá que fueron “anexados” luego del fin de la guerra del Pacífico (1879-1883), todos en una misma época –fines del siglo XIX9–, localizados en las llamadas zonas extremas del país –fuera del Chile central colonial– y pertenecientes a grupos racializados y/o etnificados (Oliva; Gundermann, Foerster y Vergara).

En el caso de los afrodescendientes operó un proceso de incorporación en el que el fenotipo se vinculó a la extranjerización de manera negativa, generando una discriminación que buscaba desplazarlos, primero material y luego simbólicamente, de la nación chilena y ubicarlos allende las fronteras. Este período es recordado como doloroso, pues implicó diversos tipos de pérdidas –desde las tierras y propiedades, hasta la vida misma, pasando por el distanciamiento de familiares y amigos–, tal como lo detallan los testimonios de hombres y mujeres afrodescendientes que vivieron esa etapa. Inocencia Baluarte, azapeña, recuerda: “En el tiempo del plebiscito mi padre tuvo que arrancar al norte del Perú, porque lo amenazaron de muerte si no se iba. Me acuerdo que un chileno malo de apellido Quiroz andaba a caballo por el valle asustando a la gente para que se marchen de aquí, y si no se iban, por la noche llegarían a matarlos” (Báez 107). El también afrochileno Cristián Báez, quien recoge estos relatos en su libro, sintetiza: “Estas familias fueron las que tuvieron que sufrir y soportar los ataques, amenazas, persecuciones y algunas veces, violaciones a sus derechos de tierra (…) La chilenización ha sido y sigue siendo uno de los episodios más trágicos de este último siglo que los afrodescendientes han tenido que soportar, puesto que se enfrentan a un proceso geopolítico ajeno a ellos y en el cual la identidad de nuestros ancestros tuvo que ser ocultada y negada por mucho tiempo” (83).

El proceso de chilenización tuvo como una de sus consecuencias que los afrodescendientes de Arica, Azapa y Lluta fueran borrados de la nación. Las nuevas generaciones “ahora chilenas de nacimiento y educación, viven una realidad distinta” (Salgado 104-105), alejadas de un contexto bélico, pero no menos discriminador. Marta Salgado comienza su libro relatándonos su propia experiencia: “Muchas veces en mi propio país he pasado por extranjera tan solo por mi color, mi pelo rizado y tengo que decir con orgullo que soy chilena, teniendo que soportar la incredulidad de muchos y muchas” (11).

Aunque en Chile el racismo tiene en los indígenas, particularmente en los mapuches, su principal objeto de conflicto, dada la tensión histórica de siglos que se tiene con ellos, esto no quiere decir que no exista racismo hacia los afrodescendientes y mucho menos que el racismo en Chile sea una actitud homogénea a lo largo de todo el territorio. El racismo es un conjunto de actitudes dinámicas, que mutan, cambian su foco según los contextos históricos en los que se desarrollan10. En este sentido, es posible sostener que el silencio sobre la presencia de afrochilenos es una de las formas en que el racismo se expresa en este país, pues lo afro en Chile no es un elemento nuevo, ellos y ellas han estado durante toda nuestra historia, colonial y republicana, como lo plantea el libro de Salgado; otra cosa es que desde Santiago y su concentración de poder, incluyendo el de conocimiento, no los queramos ver.

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1* Socióloga. Candidata a Doctora en Estudios Latinoamericanos, Universidad de Chile. Becaria CONICYT.

Varias son las investigaciones historiográficas y literarias que, con distintas perspectivas y énfasis, entregan evidencia de la existencia de africanos, africanas y sus descendientes en la Capitanía General de Chile. Por ejemplo: Mellafe; Soto; Cussen; Ogass; Barrenechea; González Undurraga.

2 El historiador chileno Guillermo Feliú Cruz, en su libro La abolición de la esclavitud en Chile. Estudio histórico y social (1942), revisa la discusión sobre la Ley de Vientres, primero, y la abolición total, después, dando constancia de la presencia de este grupo en los inicios del Estado chileno.

3 Por ejemplo, el proyecto FONDECYT “Inmigrantes ‘negros’ en Chile: prácticas cotidianas de racialización/ sexualización” a cargo de la Doctora en Sociología María Emilia Tijoux, académica de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile.

4 Sobre este punto, relevantes son los resultados publicados el año 2014 en el artículo titulado “Geografía génica de Chile. Distribución regional de los aportes genéticos americanos, europeos y africanos”, cuya autoría comparten investigadores de distintas instituciones. Esta investigación es parte del Proyecto CANDELA (Consorcio para el Análisis de la Diversidad y Evolución de Latino América), que en Chile fue una iniciativa a cargo del Doctor en Ciencias Francisco Rothhammer. En el artículo se señala que: “La distribución de los aportes genéticos de los grupos continentales que contribuyeron en distinta proporción a conformar la población chilena actual indica que el aporte americano promedio (ponderado) general para Chile es de 44,34% ± 3,96%. Este promedio, como es de esperar, exhibe una tendencia a ser mayor en las regiones extremas de Chile donde habita un número mayor de individuos pertenecientes a pueblos originarios. El componente europeo, que en promedio estimamos en 51,85% ± 5,44% no es significativamente diferente del americano y aparece como mayor en Chile Central, entre la Región de Valparaíso y la Región del Maule. El promedio de genes de origen africano (3,81% ± 0,45%), es significativamente menor que el americano y europeo en todo Chile, exhibiendo una correlación negativa, estadísticamente significativa, con latitud. A pesar de los bajos promedios obtenidos, 51,89% de los sujetos muestreados es portador de genes de origen africano. Este hallazgo sugiere que si bien el número de chilenos que expresa rasgos morfoscópicos africanos es escaso, un patrimonio ancestral africano perdura en sus genes” (Fuentes et al. 284-285). Esta confirmación deja abierta la tarea para otras disciplinas, como la historiografía y la antropología, de investigar para reconstruir su participación en la sociedad chilena desde el comienzo de la República, cuando se les pierde la pista.

5 Oro Negro es la primera organización afrodescendiente de Chile, que se forma a propósito de la Conferencia regional sobre discriminación y racismo realizada el año 2000 en Santiago de Chile, que reunió a las organizaciones del continente en una instancia preparatoria para la Conferencia Mundial contra el Racismo, la Discriminación Racial, la Xenofobia y las Formas Conexas de Intolerancia a realizarse al año siguiente en Durban, Sudáfrica. Formalizada el año 2001, esta organización tiene como su principal objetivo lograr el reconocimiento político, social, jurídico y constitucional de los afrochilenos, causa por la que han estado luchando todos estos años. Marta Salgado junto a su hermana Sonia, quien fuera alcaldesa de Camarones, son las fundadoras de esta ONG.

6 Cristián Báez, líder de la organización Lumbanga, publicó el año 2010 Lumbanga: memorias orales de la cultura afrochilena, un importante libro que recoge los testimonios de los y las abuelas afrodescendientes, principalmente del Valle de Azapa. A través de historias de vida y de su contextualización, Báez presenta un material inédito que entrega información invaluable para reconstruir una parte de nuestra historia: el proceso de incorporación de Arica a Chile.

7 De las tres organizaciones actuales de afrochilenos –Lumbanga, Oro Negro e Hijas de Azapa– esta última tiene específicamente un enfoque de género, y dos de ellas están dirigidas por mujeres (Marta Salgado dirige Oro Negro y Azaneth Báez dirige Hijas de Azapa). Además, existen otras instancias organizativas en donde las mujeres afrochilenas son las protagonistas o tienen una importante participación, como el Colectivo de mujeres afro Luanda, o la Red de mujeres rurales, indígenas y afrodescendientes de Azapa y Lluta, encabezada por María Elena Castillo, afrochilena.

8 El sociólogo mexicano Pablo González Casanova va a definir este proceso de diferenciación jerárquica entre pueblos al interior de un mismo Estado-nación como colonialismo interno, un concepto que a grandes rasgos alude a la reproducción de estructuras de orden colonial clásico dentro de las fronteras de un mismo país (“El colonialismo interno”; “Colonialismo interno: una redefinición”).

9 No es un dato menor señalar la dimensión temporal, pues se trata de un período en el que las ideas del denominado racismo científico sobre la superioridad de ciertos grupos humanos por sobre otros en base a su color de piel, en el que los blancos representan los grupos civilizatorios más avanzados, y que fueron propagadas principalmente por Linneo, Gobineau y otros europeos, comenzaron a tener eco entre intelectuales y políticos latinoamericanos, como en el argentino Domingo Faustino Sarmiento, el chileno Benjamín Vicuña Mackenna o el peruano Manuel Pardo.

10 La antropóloga argentina Claudia Briones en su libro La alteridad del Cuarto Mundo discute las categorías de raza y etnia, que entiende como marcas de alteridad, de las cuales derivan ciertas actitudes y conductas que no son fijas: “debemos prestar atención al tipo de marcas con que la alteridad de ciertos grupos se va inscribiendo. Ello supone no sólo admitir la mutabilidad histórica de los criterios de alteridad, sino también estar alertas a su combinatoria en prácticas de marcación y auto-marcación” (43).