Reseñas

  • "Pasajeros en tránsito" de Rossana Dresdner

Resumen

Abstract

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Pasajeros en tránsito

Rossana Dresdner

Santiago: LOM, 2012

Pasajeros en tránsito, el título de la novela, de la cual está en curso una segunda edición, apunta a personas que no salen del terminal aéreo, que no pasan por inmigración, que si bien están en el territorio del país, al mismo tiempo no lo están, que son transeúntes en vilo, situados en un espacio que el estudioso francés Marc Augé bautizó como un no lugar. Casi todos los personajes de la novela, y principalmente la protagonista, Gabriela, hija de exiliados, son jóvenes que están en esa condición de desarraigo. Plantas que carecen de raíz y que viven en un estado transitorio que opera en distintos niveles. Por una parte, en el plano histórico social: a raíz del golpe de Estado, los padres de Gabriela, como miles de chilenos, se han visto obligados a buscar refugio en Suecia. La dictadura, por lo tanto, es el contexto y trasfondo de toda la novela. Por otra, a nivel del imaginario o la memoria como represión y como lucha, pues algunos de los personajes –hijos también de exiliados– se involucran en el Frente Patriótico Manuel Rodríguez y participan en el atentado en contra de Pinochet.

A diferencia de otras novelas sobre la dictadura y el exilio se trata en este caso de los hijos de exiliados, de una segunda generación. Personajes en que la pérdida de vínculos afectivos y culturales con el país de origen se da paralela al establecimiento de lazos –vía escuela, idioma y amistades– con el país de destino, relaciones que sin embargo nunca llegan a ser plenas. Gabriela y sus amigos no suecos son sujetos desestabilizados e inciertos –¿me voy o me quedo?, ¿estoy aquí o allá?, ¿o en ninguna parte?–, dudas que constituyen una marca constante en la narración, pero una marca de ida y vuelta, de exilio y desexilio. El nivel histórico-político siendo importante no es sin embargo el eje de la novela.

Se trata más bien de un contexto, de una circunstancia del azar, una situación no elegida que viven los hijos de…, jóvenes que poco a poco van enterándose de lo ocurrido pero sin que lo hayan vivido. La propia Gabriela, que era muy pequeña en la época de la Unidad Popular, tiene una cierta distancia con los chilenos mayores, con los que viven encerrados en el Comité de Solidaridad Salvador Allende, apostando a que mañana el susodicho “va a caer”. En efecto, cuando la protagonista o el eritreo Medhani regresan a Chile o Sudán, se sienten de alguna manera en otro exilio y añoran –sobre todo Gabriela– la lejana Suecia. Son, por lo tanto, exiliados permanentes, en que el desarraigo no está únicamente afuera, en la geografía, sino sobre todo adentro, en la conciencia, en el interior de ellos mismos. Son sujetos sin nación y con una identidad resbaladiza, flotante. Habitan en la fragilidad, en la incertidumbre, en recuerdos que van y vienen, en una familia que se deshace, en madres controladoras que incitan a la rebeldía, en un amor de paso, en emociones y situaciones que de una u otra manera aprietan el cogote y afectan no solo a los exiliados, sino que en mayor o menor grado a todos los adolescentes. Cuál más cuál menos, todos los personajes en algún momento de sus vidas experimentan la sensación de sentirse al garete, como pasajeros en tránsito.

No es casual que la primera parte de la novela se centre en la adolescencia, en los trece años de Gabriela y sus amigos, en los amores pasajeros, en los porros y la droga temprana, en el sexo casual, en las fiestas, en la rebeldía frente a la familia. La adolescencia es tal vez la etapa más dura de la vida, la “edad del pavo”, el tiempo de las máscaras, de no saber quién soy ni adónde voy, ni qué es lo que quiero, ni por qué. En esas olas transita Gabriela, también un par de jóvenes bolivianos y la finlandesa Pirkko, casi todos lidiando en dos frentes, un frente familiar que los restringe (ya sea como presencia fáctica o como recuerdo); y un frente sueco: tratando de ser aceptados a pesar de su color de pelo o de las discriminaciones que esporádicamente sufren.

Pero como canta Mercedes Sosa: cambia, todo cambia. La adolescente que en un momento solo pensaba en fiestas y amistades, de pronto se instala en el compromiso político, y luego también se harta de él, de los horrores de las violaciones a los derechos humanos y de los que juegan a la revolución. Tal vez la novela en su nivel más profundo conlleva el asumir que todo es transitorio, que la vida no es más que lo que se vive, y lo que se vive es siempre un presente inasible, resbaladizo, algo que se escapa y que nunca puede ser permanente. Que no hay raíces ni ramas de donde aferrarse. Por un lado, entonces, se trata de una novela de los hijos del exilio, con connotaciones y reminiscencias histórico-políticas y, por otro, una novela de corte existencialista, de seres humanos arrojados y a la deriva. Entre estos dos niveles se da una interacción que cristaliza en la conciencia de Gabriela, figura que es también la narradora básica que da el tono al resto de las voces. Paralelamente, y matizando esta interacción, el lector asiste a un contrapunto de diversas culturas: la sueca, la africana y la chilena, desde las comidas hasta las costumbres y el lenguaje.

Ahora bien, ¿cómo está relatado todo este bagaje? Con un oficio literario que no es habitual en una primera novela: no se trata de un relato lineal, ni tampoco de que A sea la causa de B, y B la causa de C, no, la peripecia vital de Gabriela, sus dudas, amores y amistades, están narrados en 23 secciones geográfica y temporalmente discontinuas, un caleidoscopio de voces y fechas (desde 1975 a 1996), un puzzle que el lector va armando, porque a la postre todo encaja con todo. Pero tampoco es un reloj perfecto, como lo son las novelas policiales; en Pasajeros en tránsito se disparan algunas flechas que quedan volando. Pero no solo el montaje está bien logrado, se trata de una novela bien escrita, que corre y vuela y que se deja leer. Por aquí y por allá hay hallazgos de lenguaje e imágenes: Gabriela ya adulta, cuando trabaja en una Agencia de Comunicaciones del barrio alto, en Santiago, describiéndose a sí misma, dice: “Yo soy positiva y moderna” y luego acota: “pero solo en horario de oficina”, frase que dice mucho de sus máscaras y contradicciones. Describiendo un barrio cercano a la Avenida Matta, lo sintetiza en las imágenes de “señoras con tubos en la cabeza” que “hablan afuera de la puerta, con las escobas en la mano”. Refiriéndose a Diego que no corta su relación con su esposa, Gabriela piensa “no a la justicia dentro de lo posible”, y no tampoco “al cariño dentro de lo posible”.

En suma, estamos ante una primera novela focalizada en los hijos del exilio, una situación no buscada por ellos, producto de la dictadura, novela que se suma con mucha dignidad a otras que ya han abordado el mismo tema: como El jardín del lado (1981) de José Donoso y No pasó nada (1985) de Antonio Skármeta.

Bernardo Subercaseaux

Universidad de Chile, Chile

besuberc@uchile.cl